Por primera vez se involucró, sin querer, sin optar, con dudas… pero entró. Un recipiente de porcelana antigua, sucio, muy sucio, con polvo, con manchas, lo recibió… y en él también estaban todos los otros. Distinguiéndolo a él, el resto son los otros, pero debe quedar en claro que los otros nunca aceptan su condición de “otredad”, cada uno de ellos es eje y punto de partida. Partidos entonces, fraccionados, envueltos y revueltos, confundidos, hermanos de todas las edades, apuestan por la última uva del racimo.
Asomó la cara, para mirar con los ojos, escuchar con los oídos y oler con la nariz. Pero tan agresivas y descompuestas las sensaciones, tan desagradables, que la imágenes le taparon las fosas nasales, y los ruidos lo enceguecieron, los olores le enceraron las orejas, y quedó tan inútil… tan acorde.
En el recipiente, en el caldo que los comprimía, no dejaban de ser pedazos de carne a punto de ser devorados. Siempre a la espera, desde la ignorancia, hasta la resignación. Carne muriéndose. Y él, particularmente él, carne fresca.
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